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Como madre soltera, no pude darme el lujo de tratar la depresión

27/11/2018

Escrito por Leah Campbell | Publicado el 12 de mayo de 2017.

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Me invadía sobre todo por la noche, después de que mi pequeña se iba a dormir. Me invadía cuando apagaba la computadora, cuando terminaba de trabajar, cuando apagaba las luces. En esos momentos, era cuando las olas sofocantes de angustia y soledad me afectaban más, me abrumaban una y otra vez, amenazaban con destruirme y ahogarme en mis propias lágrimas.

Ya había enfrentado la depresión anteriormente. Pero en mi vida adulta, esta fue la experiencia más difícil que me tocó vivir, sin duda.

Yo sabía por qué estaba deprimida, por supuesto. La vida se había vuelto dura, confusa y temible. Y después de que un amigo se quitara la vida, la situación empeoró. Sentía que todas mis relaciones se desvanecían. Resurgieron viejas heridas familiares. Desapareció alguien de mi vida que nunca pensé que lo haría. Cargaba con todo ese peso sobre los hombros, y ya no podía soportarlo.

Si no hubiera sido por mi hija, que fue mi cable a tierra cuando esas sensaciones me invadían y amenazaban con destruirme, honestamente, no sé si hubiese sobrevivido.
Sin embargo, no sobrevivir no era una opción. Como madre soltera, no pude darme el lujo de desmoronarme. No tuve la opción de decaer.

Superé la depresión por mi hija

Sabía que por eso la depresión me afectaba más por la noche. Durante el día, tenía a alguien que dependía de mí por completo. No había otro padre que me secundara para que yo pudiera tratar mi angustia. No tenía a nadie que me acompañara si tenía un mal día.

Solo tenía a mi pequeñita, a la que amo más que a nada o nadie en el mundo, y que necesitaba que yo mantuviera la compostura. Así que hice lo mejor que pude. Cada día era una batalla. Tenía poca energía para el resto de la gente. Pero por ella, sacaba la fortaleza que no tenía.

No creo que haya sido la mejor madre durante esos meses. No fui la madre que ella merecía, en absoluto. Pero hacía el esfuerzo de salir de la cama día tras día. Me tiraba al suelo y jugaba con ella. Nos íbamos de aventuras de madre e hija. Luché una y otra vez para mantenerme presente. Hice todo eso por ella.

Creo que, de alguna manera, ser madre soltera me salvó de la oscuridad. Su pequeña luz brillaba cada día un poco más, y me recordaba por qué era tan importante luchar contra la angustia que sentía.

Cada día era una lucha. Que no queden dudas, le di pelea. Me obligué a retomar terapia, incluso cuando los horarios para hacerlo me parecían imposibles. Volver a la rutina era una lucha diaria y era lo único que lograba despejarme, incluso cuando solo quería meterme debajo de la cama. Pedirle ayuda a mis amigos y admitir lo mal que estaba fue agotador; y poco a poco comencé a reconstruir el sistema de apoyo que había destruido, sin darme cuenta, cuando me sentía aturdida.

Requiere fortaleza

Avanzaba de a poco y fue difícil. En muchos aspectos fue más difícil porque era mamá. Tenía menos tiempo que nunca para ocuparme de mí misma. Pero también tenía una vocecita en la cabeza que me recordaba la bendición que era esta pequeñita para mí y que me necesitaba.

Esa voz no siempre era amable. Hubo momentos en los que tenía el rostro empapado de lágrimas y me miraba al espejo y escuchaba esa voz que me decía: “Esto no es ser fuerte. Esta no es la mujer que quieres que tu hija vea”. Por supuesto, sabía que esa voz no tenía razón. Sabía que hasta las mejores madres se desmoronan en algún momento, y está bien que nuestros hijos vean que tenemos batallas propias.

En el fondo de mi ser, a pesar de todo, solo quería estar mejor. Quería estar mejor por mi hija, porque las madres solteras no podemos darnos el lujo de decaer. Esa vocecita en mi cabeza siempre estaba ahí para recordarme que estaba fallando como madre, cada vez que me permitía llorar. Para ser honesta, hablé muchísimo en terapia solo de esa vocecita

Conclusión

La vida es dura. Si me hubieran preguntado hace un año, habría contestado que lo tenía todo resuelto. Habría dicho que todo en mi vida se había acomodado como las piezas de un rompecabezas y que todo era tan idílico como siempre había imaginado.

Pero no soy perfecta y nunca lo seré. Sufrí de ansiedad y de depresión. Cuando la cosa se pone difícil, me desmorono. Por suerte, también soy capaz de salir de esas trampas. Lo he hecho antes. Sé que si vuelvo a caer me podré levantar.

Lo haré por mi hija, por las dos. Lo haré por nuestra familia. Conclusión: Soy madre soltera y no puedo darme el lujo de decaer.


Leah Campbell es escritora y editora, y vive en Anchorage, Alaska. Madre soltera por elección tras una serie de casualidades que la llevaron a adoptar a su hija. Leah también es autora del libro Mujer Soltera Estéril y ha escrito muchísimo sobre la infertilidad, la adopción y la crianza. Puede ponerte en contacto con Leah mediante su sitio web personal (LeahCampbellWrites.com), Twitter (sifinalaska) y Facebook.

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